Una vez el corazón gritó “lucha por
mis latidos y no me dejes caer”, fue porque la sangre dejó de
existir en mis venas, porque apenas se podía percibir expresión
alguna en mí; acabé dándome pena mirando mis ojeras al espejo, y
viéndome en la esquina sin poder seguir adelante. Yo simplemente me
alejé de su sonido, dejé que el sol no me alumbrara, me metí en lo
más hondo de mi ser, aún sabiendo que sería dejarme caer sin
brazos en mi alma. Las vendas no tapan ojos, tapan corazones
inseguros; y así fue, mi corazón tapado sin camino a elegir y mis
ojos abiertos sabiendo lo que me esperaba fuera de mí. Daba miedo
aparecer en la vida, miedo a saber que no me encuentro solución y que
la luz era una lejanía. La oscuridad, inmune ante mi respiración,
ante mi lloro absurdo para conseguir una paz eterna, una paz que en
esos momentos solo me daba una esquina, esa misma esquina que
aguardábamos todos aquellos perdidos del mundo. Y es de suponer que
el amor eterno, la amistad eterna o lo eterno en sí, es fruto de lo
que nosotros podemos construir, no es un hecho que la eternidad sea
cierta, pero si lo es que nosotros acabemos buscándola. ¿Y para
qué? Si al final, como siempre acabas enterrada sin sangre en tus
venas y con tu corazón gritándote, para que le salves.
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