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martes, 28 de enero de 2014

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Una vez el corazón gritó “lucha por mis latidos y no me dejes caer”, fue porque la sangre dejó de existir en mis venas, porque apenas se podía percibir expresión alguna en mí; acabé dándome pena mirando mis ojeras al espejo, y viéndome en la esquina sin poder seguir adelante. Yo simplemente me alejé de su sonido, dejé que el sol no me alumbrara, me metí en lo más hondo de mi ser, aún sabiendo que sería dejarme caer sin brazos en mi alma. Las vendas no tapan ojos, tapan corazones inseguros; y así fue, mi corazón tapado sin camino a elegir y mis ojos abiertos sabiendo lo que me esperaba fuera de mí. Daba miedo aparecer en la vida, miedo a saber que no me encuentro solución y que la luz era una lejanía. La oscuridad, inmune ante mi respiración, ante mi lloro absurdo para conseguir una paz eterna, una paz que en esos momentos solo me daba una esquina, esa misma esquina que aguardábamos todos aquellos perdidos del mundo. Y es de suponer que el amor eterno, la amistad eterna o lo eterno en sí, es fruto de lo que nosotros podemos construir, no es un hecho que la eternidad sea cierta, pero si lo es que nosotros acabemos buscándola. ¿Y para qué? Si al final, como siempre acabas enterrada sin sangre en tus venas y con tu corazón gritándote, para que le salves.

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